El cuentista y novelista mendocino entrega 16 microhistorias que recuperan y revalorizan el rol de las mujeres en torno del fútbol, como madres, hermanas y parejas, pero también como árbitros, como jugadoras y como ensayistas.Por Facundo Gari
Buenos Aires, noviembre 24 (Agencia NAN-2009).- Hace ya más de un mes, en la sede central del Standard Bank fue montada una pantalla gigante para que los empresarios y profesionales administrativos ligados a esa institución pudieran disfrutar del último partido de la selección nacional en las Eliminatorias para Sudáfrica 2010, frente a Perú. Habrán sido unos 50 los asistentes, cinco por ciento de mujeres, sumando en esa porción a las bellas promotoras que repartían guirnaldas y cornetas albicelestes a los recién llegados. Ese parece ser el lugar que el hombre ha dejado para las mujeres en este deporte (también en otros ámbitos), el de elemento decorativo. Y esto, avalado aún más por la (celebrable) ausencia de hombres en calzas azules repartiendo silbatos a las muchachas concurrentes. Sucede lo mismo en la televisión: se enfocan culos y tetas (incluso de una referí), y no pectorales velludos.
En un intento por abrir la cancha a las mujeres, el escritor, poeta y ensayista Rodolfo Braceli otorga en Perfume de gol (Planeta) diecisiete cuentos que las involucran como protagonistas de historias de potrero y pelota, narrados con la excelente prosa del mendocino y que renuevan la tradición literaria expuesta por Fontanarrosa, Eduardo Sacheri y Juan Sasturain, entre otros escritores. No se trata de relatos en los que las damas se hallen en un vestuario ajustándose los botines, aunque de estos también haya --como en María, sobre una muchacha que se trasviste para entrar en un equipo masculino de fútbol, aunque finalmente no pueda dejar de pensar en encamarse con uno de sus compañeros—. En rigor, son historias que incluyen a las mujer en variados aspectos del folklore futbolístico, sea en charlas de bar o en incidencias históricas sobre los acontecimientos más importantes del devenir esférico.
Entre estos últimos, en "Dalma Salvadora", la partera Pierina le brinda una serie de recomendaciones a la madre de Maradona para que su hijo salga Maradona.
-- En el tercer mes tendrás que hacer tres días de ayuno: sólo líquidos.
-- Pero voy a tener mucho hambre, Piernina.
-- Y él también. Así vendrá con hambre. Con hambre de gol, hambre de todo […].
-- ¿Y en el noveno mes qué tengo que hacer?
-- Desde el primer día caminar descalza por las mañanas. Descalza, sintiendo que la tierra es la espalda del mundo entero. Esto para que tu hijo venga mundial, ecuménico y planetario… barrilete cósmico…
Ya en "Eva", Bracelli supone que no hubo “pecado original”, y que la primera pareja fue expulsada del Edén por inventar el fútbol pateando manzanas. "Selva" le hace esa pregunta tautológica al hombre que tiene por marido: “¿Me querés más a mí o a Peñarol?”, y "Jacinta", nieta de Jacinto Chiclana, sostiene una charla con Jorge Luis Borges para luego escribir su tesis universitaria “Compasión por la pasión”, sobre la (falta de) relación entre este escritor y el fútbol. También lo incluye en "Leonor", que cuenta la única vez que el autor visitó un estadio, junto con su madre, para presenciar el clásico de Avellaneda (el 10 de marzo de 1957). Y, después, una entrevista a Omar Orestes Corbatta, que dormía en un viejo catre debajo de una tribuna del Cilindro de Avellaneda, con una pelota como "Ella" sobre la almohada.
Promediando el libro --y como último ejemplo del universo que Bracelli construye-- está "Josefina", la historia de una pareja muy pobre, que decide abandonar a su hija recién nacida en un portal antes que someterla a la miseria de su (falta de) economía doméstica. No tardan en arrepentirse y buscan la manera de solventar los gastos indispensables para la supervivencia de su primogénita: el padre intenta robar sin ser ladrón, la madre busca trabajo sin demasiado éxito y se pasan los días a sopa y lo que consiguen convidado. Tanta es la desazón que el hombre decide pegarse un tiro. Su mujer no logra convencerlo de la importancia de su presencia para la crianza de la hija, pero evita el suicidio con una frase durísima: “¡No vas a poder ver más a Platense!” Silbatazo final.




